A veces, durante una conversación con alguien, o por un comentario oido en la radio o a una pareja que charla mientras espera el autobús, se me viene a la memoria alguna escena antigua. Eso me pasó ayer, alquien habló de la recogida de residuos urbanos (se estaba refiriendo  a la recogida de las basuras. No sé por qué tenemos la costumbre últimamente de poner nombres extraños a las cosas y a los trabajos, tipo empleado de finca urbana en vez de portero). Algo hizo click dentro de mí y olvidándome de la conversación se me representó una escena que se daba en Madrid cuando yo era un niño pequeño (no estoy tratando de quitarme años, sólo trato de decir que hace mucho tiempo de eso). La escena en cuestión estaba poblada de los carros tirados por una caballería que transportaban la basura recogida en las casas.

No sé si seré capaz de explicar lo que recuerdo: en casi todos los hogares se usaba carbón para la cocina, algunos pisos tenían gas ciudad, pero eran sólo los de los barrios mejores y del centro de la ciudad. Yo vivía en un barrio muy céntrico pero se ve que no era de los mejores y por lo tanto no había gas en ningún edificio de mi entorno. Lo que sí había, como ahora, era un cubo de la basura en cada casa; en mi casa había un cubo de cinz donde se recogían los desperdicios de la casa. Esos desperdicios eran las pieles de las patatas y de las frutas, la ceniza que se producía en la cocina al quemar el carbón y poco más. Una de las últimas cosas que se hacían en mi edificio antes de que sus habitantes se fueran a la cama era sacar al rellano el cubo con la basura del día y dejarlo junto a la puerta del piso. 

A la mañana siguiente alguien había recogido el contenido del cubo y éste, vacío, aparecía en el mismo lugar donde se le había dejado la noche anterior. 

Había un trapero (tal era el nombre que le dábamos al esforzado recogedor de residuos), siempre el mismo, que recogía la basura de los edificios de unas cuantas calles del barrio, es decir, había una especie de acuerdo por el cual cada trapero tenía asignada una zona de Madrid. Subía la escalera portando una sera (es una espuerta) y comenzando por el último piso iba bajando descargando los cubos de los vecinos en la sera que llevaba al hombro. Una vez en la calle descargaba el contenido de la sera en el carro de varas. Habitualmente iba alguien con él subido al carro que iba separando los restos que el de la sera bajaba de cada casa, de un lado los carbones a medio quemar, aprovechables aún; de otro lado los restos que hoy llamaríamos orgánicos (pieles, mondas, restos de comida) y que servirían para dar de comer a sus animales (cerdos, gallinas, etc) y finalmente la ceniza que sólo serviría como fondo para disminuir los barrizales que tenían comunmente delante de sus casas.

En invierno, con lluvia, con frío, nunca faltaba de madrugada el trapero de mi barrio. Vivía allá por Tetuán de las Victorias y como él otros muchos vivían en pequeñas casitas con un pequeño corral formando calles que algún día se urbanizarían pero  de momento nadie pensaba en ello. Yo he visto en los Cuatro Caminos filas de carros que marchaban hacia el centro de Madrid a cumplir su función.

Curiosamente sólo le veíamos en Navidad cuando pasaba por las casas pidiendo su aguinaldo y cuando se nos perdía algo, una sortija, un pendiente, el diente de oro de la señora Joaquina (eso ocurrió a una vecina nuestra); en caso de pérdida el propietario esperaba a la madrugada y cuando oía a Paco (ese era el trapero que yo conocí) subir pesadamente la escalera, le daba los buenos días seguidos de un respetuoso señor Paco y le contaba su problema. A veces el objeto perdido aparecía.

Eran otros tiempos