No sé si recuerdas el Arlington, aquél bar que hacía esquina con tu calle y la avenida. Es un local fresco, tranquilo y oscuro. Lucas, siempre tras la barra, sabía qué tomaba yo sin necesidad de recordarselo, un gimlet y un cuenco de cacahuetes.

 Tomo gimlet por influencia de mis lecturas, por influencia de una de mis lecturas favoritas. Ya sabes a quien me refiero, a ti también te gusta leer lo mismo que yo. Cuando entro en el Arlington siempre espero verle sentado en uno de los taburetes de la barra con un cigarrillo en los labios dejando que el humo ascienda por su cara sin molestarle en los ojos. Yo nunca lo he conseguido, a mi siempre el humo me molestaba y me dejaba los ojos llorosos.

 Te he esperado en el Arlington casi todas las tardes desde aquél día, desde que te fuiste. De espaldas a la puerta he creido sentir tus pasos cada vez que alguien entra. Pero no, no eras tu. Así que Lucas me ponía otro gimlet sin ni siquiera consultarme. Con la bebida me pasa que siempre el primer trago es el mejor, luego la primera sensación desaparece y ya nada es lo mismo. Así que me levanto del taburete, meto la mano en mi bolsillo de la americana y pago. Adiós Lucas, digo bajito. Él nunca contesta, sólo mueve la cabeza dando las gracias.

 Cada día, al irme, pienso en no volver al Arlington, pero sé que volveré por si mañana regresas.