Yo tomaba el tren todos los días a la misma hora, temprano, por la mañana. Me situaba, o lo procuraba, en el mismo lugar del andén. De esa manera coincidía con mucha gente diariamente, era como si nos hubiéramos puesto de acuerdo en esa manía de subir siempre en el segundo vagón.

Un día descubrí un joven nuevo, al menos para mí. Me llamó la atención porque llevaba corbata y vestía de traje, lo que no era frecuente ni siquiera entre la gente mayor. Me llamó la atención por solidaridad, supongo, ya que yo también usaba traje y corbata.

En determinada estación bajó del tren. Me dio tiempo a ver que abrazaba a una joven y que se besaban apasionadamente. Tan de mañana.

Durante bastantes días coincidí con el muchacho, y se repitió la escena del beso apasionada a la misma joven en la misma estación.

Un día él bajó del tren como siempre y no había nadie en el andén esperando.

Al día siguiente lo volví a ver en mi vagón y la escena se repitió. Bajó del tren y no había nadie esperando.

Hubo varios días más en que lo seguí viendo y en todos se quedó sólo en el andén de aquella estación.

Una sola vez volví a verlo después de aquello. Tenía la mirada más triste que yo haya visto nunca.