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La Coctelera

GEORGIA Y RAY CHARLES

Estoy escuchando la radio. En ella está Ray Charles y su Georgia. Os recomiendo conectar con Globo Radio. En Madrid (cercanías, donde vivo) lo recibo en FM 99.3, tienen una música buenísima y practicamente nada de publicidad.

En cuanto a Ray Charles debo decir que cogería la maleta y me iría a ver esa pequeña patria suya llamada Georgia a la que canta con tal sentimiento. 

ERAN OTROS TIEMPOS

A veces, durante una conversación con alguien, o por un comentario oido en la radio o a una pareja que charla mientras espera el autobús, se me viene a la memoria alguna escena antigua. Eso me pasó ayer, alquien habló de la recogida de residuos urbanos (se estaba refiriendo  a la recogida de las basuras. No sé por qué tenemos la costumbre últimamente de poner nombres extraños a las cosas y a los trabajos, tipo empleado de finca urbana en vez de portero). Algo hizo click dentro de mí y olvidándome de la conversación se me representó una escena que se daba en Madrid cuando yo era un niño pequeño (no estoy tratando de quitarme años, sólo trato de decir que hace mucho tiempo de eso). La escena en cuestión estaba poblada de los carros tirados por una caballería que transportaban la basura recogida en las casas.

No sé si seré capaz de explicar lo que recuerdo: en casi todos los hogares se usaba carbón para la cocina, algunos pisos tenían gas ciudad, pero eran sólo los de los barrios mejores y del centro de la ciudad. Yo vivía en un barrio muy céntrico pero se ve que no era de los mejores y por lo tanto no había gas en ningún edificio de mi entorno. Lo que sí había, como ahora, era un cubo de la basura en cada casa; en mi casa había un cubo de cinz donde se recogían los desperdicios de la casa. Esos desperdicios eran las pieles de las patatas y de las frutas, la ceniza que se producía en la cocina al quemar el carbón y poco más. Una de las últimas cosas que se hacían en mi edificio antes de que sus habitantes se fueran a la cama era sacar al rellano el cubo con la basura del día y dejarlo junto a la puerta del piso. 

A la mañana siguiente alguien había recogido el contenido del cubo y éste, vacío, aparecía en el mismo lugar donde se le había dejado la noche anterior. 

Había un trapero (tal era el nombre que le dábamos al esforzado recogedor de residuos), siempre el mismo, que recogía la basura de los edificios de unas cuantas calles del barrio, es decir, había una especie de acuerdo por el cual cada trapero tenía asignada una zona de Madrid. Subía la escalera portando una sera (es una espuerta) y comenzando por el último piso iba bajando descargando los cubos de los vecinos en la sera que llevaba al hombro. Una vez en la calle descargaba el contenido de la sera en el carro de varas. Habitualmente iba alguien con él subido al carro que iba separando los restos que el de la sera bajaba de cada casa, de un lado los carbones a medio quemar, aprovechables aún; de otro lado los restos que hoy llamaríamos orgánicos (pieles, mondas, restos de comida) y que servirían para dar de comer a sus animales (cerdos, gallinas, etc) y finalmente la ceniza que sólo serviría como fondo para disminuir los barrizales que tenían comunmente delante de sus casas.

En invierno, con lluvia, con frío, nunca faltaba de madrugada el trapero de mi barrio. Vivía allá por Tetuán de las Victorias y como él otros muchos vivían en pequeñas casitas con un pequeño corral formando calles que algún día se urbanizarían pero  de momento nadie pensaba en ello. Yo he visto en los Cuatro Caminos filas de carros que marchaban hacia el centro de Madrid a cumplir su función.

Curiosamente sólo le veíamos en Navidad cuando pasaba por las casas pidiendo su aguinaldo y cuando se nos perdía algo, una sortija, un pendiente, el diente de oro de la señora Joaquina (eso ocurrió a una vecina nuestra); en caso de pérdida el propietario esperaba a la madrugada y cuando oía a Paco (ese era el trapero que yo conocí) subir pesadamente la escalera, le daba los buenos días seguidos de un respetuoso señor Paco y le contaba su problema. A veces el objeto perdido aparecía.

Eran otros tiempos

NO SÉ DONDE IR NI DONDE QUEDARME

Hace tiempo descubrí Libro de Arena y durante un tiempo estuve allí, bastante cómodo por cierto. A poco aquello comenzó a ir mal, lento, no se podía comunicar, resultaba exasperante.

Entonces descubrí La Coctelera. Tenía una apariencia similar a Libro de Arena, incluso encontré a personas que también estuvieron allá y decidí  quedarme. Durante un tiempo todo fue bien hasta que empezaron los mismos problemas.

De nuevo entré en Libro de Arena y parecía funcionar bien. Encontré gentes nuevas, interesantes, unas, otras divertidas, casi todas mujeres. Durante un tiempo, como pasa siempre funcionó bastante bien. Ahora funciona fatal e incluso aquí, en La Coctelera ya no me siento cómodo porque la gente que yo conocía ha desaparecido y pienso que de un momento a otro esto también fallará, así que no sé dónde ir ni dónde quedarme.

Pues eso.

LA RUBIA DEL ARLINGTON

Zapatos rojos, tacones finos. Fue lo primero que vi al entrar enel Arlington. Levanté la vista para ver a la propietaria. Tenía un lunar sobre la boca al lado izquierdo de la nariz.. El pelo, rubio y liso, le caía sobre el lado opuesto dejando ver un solo ojo. Grande, con pestañas largas. Sostenía una copa en la mano. Y me miraba. No, no era ella. Estaba girada hacia la puerta y me miraba.

 Avancé hacia la barra y me senté a su lado. Ella quedó entre la puerta y yo. Pedí un gimlet a Lucas. Petición inútil porque ya lo estaba preparando. Se giró lentamente hacia mi . Aspiré su perfume. No era el perfume de ella. No era ella. Su mano derecha sostenía un cigarrillo con boquilla dorada. Se lo encendí. Frunció unos labios rojo intenso y aspiró el humo. Me miró largamente y esperó.

- Me dijo que estarías aquí, dijo.

 - Quién, dije a mi vez.

 - Ya sabes quien. Ella. No quiere volver a verte. Nunca.

 Se levantó, cogió un bolso que hasta entonces no había visto y se alejó hacia la puerta seguida de una nube de humo perezoso. En la barra quedó una copa apenas empezada y unos circulos húmedos. Abrió la puerta y desapareció.

 Lucas me miró y me puso otro gimlet.

UN GIMLET EN EL ARLINGTON

No sé si recuerdas el Arlington, aquél bar que hacía esquina con tu calle y la avenida. Es un local fresco, tranquilo y oscuro. Lucas, siempre tras la barra, sabía qué tomaba yo sin necesidad de recordarselo, un gimlet y un cuenco de cacahuetes.

 Tomo gimlet por influencia de mis lecturas, por influencia de una de mis lecturas favoritas. Ya sabes a quien me refiero, a ti también te gusta leer lo mismo que yo. Cuando entro en el Arlington siempre espero verle sentado en uno de los taburetes de la barra con un cigarrillo en los labios dejando que el humo ascienda por su cara sin molestarle en los ojos. Yo nunca lo he conseguido, a mi siempre el humo me molestaba y me dejaba los ojos llorosos.

 Te he esperado en el Arlington casi todas las tardes desde aquél día, desde que te fuiste. De espaldas a la puerta he creido sentir tus pasos cada vez que alguien entra. Pero no, no eras tu. Así que Lucas me ponía otro gimlet sin ni siquiera consultarme. Con la bebida me pasa que siempre el primer trago es el mejor, luego la primera sensación desaparece y ya nada es lo mismo. Así que me levanto del taburete, meto la mano en mi bolsillo de la americana y pago. Adiós Lucas, digo bajito. Él nunca contesta, sólo mueve la cabeza dando las gracias.

 Cada día, al irme, pienso en no volver al Arlington, pero sé que volveré por si mañana regresas.

EL SEGUNDO VAGÓN

Yo tomaba el tren todos los días a la misma hora, temprano, por la mañana. Me situaba, o lo procuraba, en el mismo lugar del andén. De esa manera coincidía con mucha gente diariamente, era como si nos hubiéramos puesto de acuerdo en esa manía de subir siempre en el segundo vagón.

Un día descubrí un joven nuevo, al menos para mí. Me llamó la atención porque llevaba corbata y vestía de traje, lo que no era frecuente ni siquiera entre la gente mayor. Me llamó la atención por solidaridad, supongo, ya que yo también usaba traje y corbata.

En determinada estación bajó del tren. Me dio tiempo a ver que abrazaba a una joven y que se besaban apasionadamente. Tan de mañana.

Durante bastantes días coincidí con el muchacho, y se repitió la escena del beso apasionada a la misma joven en la misma estación.

Un día él bajó del tren como siempre y no había nadie en el andén esperando.

Al día siguiente lo volví a ver en mi vagón y la escena se repitió. Bajó del tren y no había nadie esperando.

Hubo varios días más en que lo seguí viendo y en todos se quedó sólo en el andén de aquella estación.

Una sola vez volví a verlo después de aquello. Tenía la mirada más triste que yo haya visto nunca.

Yo tomaba tren todos dias la misma hora temprano por

Yo tomaba el tren todos los días a la misma hora, temprano, por la mañana. Me situaba, o lo procuraba, en el mismo lugar del andén. De esa manera coincidía con mucha gente diariamente, era como si nos hubiéramos puesto de acuerdo en esa manía de subir siempre en el segundo vagón.

Un día descubrí un joven nuevo, al menos para mí. Me llamó la atención porque llevaba corbata y vestía de traje, lo que no era frecuente ni siquiera entre la gente mayor. Me llamó la atención por solidaridad, supongo, ya que yo también usaba traje y corbata.

En determinada estación bajó del tren. Me dio tiempo a ver que abrazaba a una joven y que se besaban apasionadamente. Tan de mañana.

Durante bastantes días coincidí con el muchacho, y se repitió la escena del beso apasionada a la misma joven en la misma estación.

Un día él bajó del tren como siempre y no había nadie en el andén esperando.

Al día siguiente lo volví a ver en mi vagón y la escena se repitió. Bajó del tren y no había nadie esperando.

Hubo varios días más en que lo seguí viendo y en todos se quedó sólo en el andén de aquella estación.

Una sola vez volví a verlo después de aquello. Tenía la mirada más triste que yo haya visto nunca.

MARCHA ATRÁS.

A veces se me ocurren ideas que luego descubro que ya se les han ocurrido a otros. Un día se me ocurrió que sería bueno que en vez de nacer como ahora lo hacemos deberíamos aparecer en este mundo con la edad en que nos tocaría irnos de él.

Así, alguien que debería morirse con 92 años aparecería en su casa con esa edad y poco a poco iría recuperando vista, capacidad para agacharse, iría perdiendo barriga, volvería a tener pelo (estoy hablando, claro, de un hombre) podría volverse al paso de un chica hermosa sin que le tacharan de viejo verde, entregaría su título en la universidad en vez de recibirlo y cada vez iría haciéndose más joven hasta que llegara a ser un bebé que desaparecería ......en una probeta y luego en un tanque de nitrógeno líquido.

Algo parecido ya se le ocurrió al insigne Enrique Jardiel Poncela en "Cuatro corazones con freno y marcha atrás", pero él como yo se hizo un lío con el desenlace. (además me he saltado un montón de etapas interesantes).

Pues eso.